La empresa Gateway y su aliado (la empresa de construcción espacial Orbital Assembly) quieren desarrollar la estructura más grande que el ser humano ha hecho en el espacio hasta ahora. Entre científicos y turistas, tendrá la capacidad para albergar hasta a 450 pasajeros. Eso conlleva, según sus propios cálculos, la llegada de varios grupos de personas a la semana.

La Fundación cree que la construcción es viable porque, empujados por la bajada de los precios, el proyecto se ha convertido en algo factible. En eso, en la idea de que tenemos la capacidad técnica para construir una estructura como esta, están de acuerdo la mayoría de los especialistas. No quizás al nivel que dejan entrever algunos de sus conceptos artísticos, pero la tenemos al fin y al cabo.

El problema está en todo lo demás. Primero en los tiempos. Aunque a nivel teórico sería posible construirla, los mismos portavoces de Gateway reconocen que «los retrasos son parte esencial en el sector aeroespacial» y que las fechas son algo optimistas.

Sobre todo, porque, por mucho que el plan sea posible, hablar de «la sana tradición del retraso espacial» es un eufemismo: el proyecto está atravesado de muchísimos problemas técnicos (como el asegurar la seguridad del ambiente en el espacio con ese movimiento) que sin ser ciencia ficción, van a ser un infierno para cualquiera que se ponga a construirlo.

El problema del dinero (y otros muchos más)

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Y, como suele pasar con todo en la vida, si no tienes tiempo más vale tener dinero. Ese es el principal obstáculo de la Fundación Gateway (y cualquier organización que quiera construir al espacio): el costo. Y no solo el «costo de diseñar, certificar y poner todo en órbita sino también el costo asociado con llevar a los turistas de ida y vuelta», explicaba Gary Kitmacher, que trabaja para la NASA en el programa de la Estación Espacial Internacional.

El segundo, evidentemente, es un problema organizativo. No son proyectos sencillos. Al contrario, se tratan de iniciativas enormes que requieren una capacidad que excede con mucho lo que una pequeña startup puede asumir en el corto plazo. Fundamentalmente, porque hablamos de establecimientos abiertos al público con muchísimo movimiento de personas.

A todo eso, hay que sumar muchos más problemas de índole social, legal e incluso laboral: ¿Cómo se gestionaría lo de tener empleados en el espacio con unas condiciones tan complicadas para la salud? ¿Qué legislación se aplicará allá arriba la nación bajo cuyo pabellón opera la nave espacial, la nación del sospechoso o la de la víctima? ¿Hay que empezar a hablar de un derecho laboral espacial?

 

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